SAN MATÍAS
Ubicación: Vitral: Capilla 5 – Nave Oeste

Se cree que San Matías habría nacido en Belén y fue desde el comienzo uno de los setenta y dos discípulos, de lo poco que conocemos con seguridad de él esta referido en los Hechos de los Apóstoles. Al comienzo de su libro, dice san Lucas que, después de la ascensión de Jesús a los cielos, volvieron los apóstoles y discípulos del monte de los Olivos de Jerusalén y se reunieron en el cenáculo –como el Maestro les había dicho que hiciera- para esperar la venida del Espíritu Santo. Entre ellos estaba también la Virgen María y las piadosas mujeres que fueron fieles a él.

Allí perseveraban en la práctica de la oración, cuando en uno de esos días se levantó Pedro en medio de los hermanos y dijo convenir que se cumpliese la Escritura, en la cual el Espíritu Santo, por boca de David, había profetizado la acción de Judas, “que fue guía de los que prendieron a Jesús”. Aludió a la traición del indigno apóstol y su fin desdichado y luego prosiguió: era necesario que de entre los que estaban juntos al principio, es decir, desde el bautismo de Juan hasta que el Mesías subió a los cielos, uno fuera hecho testigo de la resurrección.
Realizada la elección, surgieron dos nombres: José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y Matías. Los dos eran hombres llenos de virtudes y parecidos en méritos. ¿A cual nombrar?

Decidieron por ultimo que fuera el Señor quien eligiese. Y orando dijeron: “Tu, Señor, que conoces los corazones de todos, cual escoges de estos dos... y lo echaron a suerte, y cayó la suerte sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles”.
Matías es, por lo tanto, el único apóstol no elegido directamente por Jesús, lo mismo que Pablo; pero este no perteneció al número de los doce.
Parece que Matías predicó en Judea y también en Egipto y Etiopía. Al cabo de muchos años de actividad misional, selló sus palabras con su sangre, al ser bárbaramente apedreado, según unos; decapitado, según otros. Predicaba insistentemente la necesidad de seguir a Cristo en sus sufrimientos. Una frase suya se ha conservado a través de Clemente de Alejandría: "Extenuad el cuerpo con al mortificación –exhortaba- para que el espíritu se someta al Crucificado”.
La tradición refiere que la emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, hizo trasladar una parte de sus restos a Alemania, a la ciudad de Tréveris. Se hallan en un templo que lleva su nombre, levantado junto a la rivera del río Mosela, que por esta causa se convirtió en la edad media en centro de peregrinaciones.
La principal parte de sus reliquias se halla en Roma, en la Iglesia de Santa Maria la Mayor.