El Padre Maria Salvaire, nació el 6 de enero de 1847 en Castres, en el sur de Francia, de una familia bastante acomodada, prestigiosa y cristiana. Su padre había ocupado varios cargos públicos y entre ellos fue rector de renombrado Liceo Real de Francia.
Su madre, María Vázquez, española de nacimiento, descendía también de una ilustre familia. El joven Jorge María Salvaire, ingresó a la Congregación de la Misión. Concluidos sus estudios teológicos, fue ordenado presbítero en París, en el año de 1871. A los pocos meses de su ordenación, los superiores lo mandaron a la Argentina.
El 3 de diciembre de 1871, visitaba el Santuario de Luján, unido a la primera gran peregrinación de los católicos argentinos, motivada por la horrible epidemia de fiebre amarilla. En el año 1872, los Padres de la Congregación de la Misión tomaban a su cargo la atención de la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Luján y el 20 de mayo, viene a Luján, como teniente cura del Padre Eusebio Fréret, el joven sacerdote Jorge María Salvaire, para ayudarle en su ministerio pastoral a la sombra de tan bendita Madre.
El 26 de diciembre de 1873, lo envían los Superiores a misionar entre los indios y permanece entre ellos dos años, predicando el evangelio con incansable afán. Deja el Padre Salvaire el Santuario de Luján para ir a misionar entre las tribus de los indios. Salvaire cuenta en uno de sus apuntes de viaje a los toldos del Cacique Namuncurá, que ya algunos de esos indios tenían filial devoción a la Virgen de Luján.
Bien recibido al principio, cambian las suertes por calumnias propaladas en la tribu debido a una peste de viruela que desencadena en las tolderías. Es hecho prisionero y condenado a morir alanceado por ser portador de enfermedades, como así lo propalan sus enemigos que veían peligrar sus ilícitas ganancias con la conversión de la indiada. Era a fines del año 1875 y un voto y un milagro de la Virgen de Luján lo salvaron. Eran los últimos días de octubre. Salvaire se siente solo y abandonado, y en aquella hora suprema recurre al Señor y a la Virgen de Luján haciendo voto de propagar su culto y de dar a conocer su historia. Fue escuchado y pudo volver sano y salvo.
A principios de enero de 1876 llegaba de nuevo al Santuario de Luján, pero en 1881 sale otra vez el padre Salvaire al desierto en una misión que tuvo por objeto recorrer las soledades de la pampa, para llevar a esos lugares la vida cristiana. En el Libro de la Virgen encontramos escritos los más profundos pensamientos de Salvaire antes de partir: "Tú eres nuestro sostén, María dulcísima, Tú en las angustias nuestra firme áncora de fe".
Regresa nuevamente a Luján, y allí se entrega de lleno a la búsqueda de material para formar su obra Historia de Nuestra Señora de Luján, que sale a la luz a fines de 1885. La Historia de Nuestra Señora de Luján del Padre Jorge María Salvaire se levanta inconmensurablemente sobre todas las de su género, aparecidas a fines del siglo XIX. El Padre Salvaire no hacinó sin discreción y crítica los materiales que pudo reunir, antes los estudió y valorizó cuidadosamente, separando la paja del grano, y dando jerarquía a los documentos y a las fuentes de información. Nada tiene que ver la Historia de Nuestra Señora de Luján con los libros de esa índole, aparecidos con anterioridad a 1885, y ninguno de esa índole desde entonces hasta acá, le ha superado en sentido crítico.
Muñido de las necesarias credenciales de los Señores Obispos de las regiones del Plata, parte a Europa para pedir al Papa León XIII la coronación pontificia de la Virgen de Luján, el año de 1886. Con las preciosas piedras y alhajas que llevara consigo hace construir en París la graciosísima corona que circundará las sienes de la Virgencita de Luján, y que el Papa en persona bendice benévolamente.
El 8 de mayo de 1887, en un marco de inigualada magnificencia, en un ambiente de exaltación y ante unas 40.000 personas, Monseñor León Federico Aneiros, Arzobispo de Buenos Aires, en nombre y representación del Sumo Pontífice corona solemnemente la antigua y verdadera imagen de Nuestra Señora de Luján. Allí, junto al Prelado, estaba el padre Salvaire, alma de toda la fiesta.
El 15 de mayo siguiente, Mons. Aneiros, bendecía la piedra fundamental que debía servir de base a la atrevida empresa de la grandiosa Basílica, que se levanta hoy en honra a la Celestial Protectora del Plata.
El 18 de noviembre de 1889 ya nombrado párroco, escribe el P. Salvaire una solicitud al Sr. Arzobispo, a fin de poder comenzar las obras de la proyectada Basílica. Es cierto que el proyecto tenía sus decididos partidarios, pero era mucho el número de adversarios o de los que no tenían fe en su posible realización. En la Curia de Buenos Aires se decía: "Esto nunca se hará, es una locura". Felizmente el Arzobispo, que estaba contagiado con la santa locura de Salvaire le dijo a éste: "Hijo mío, sigue adelante, toda responsabilidad cae sobre mí". Y firmaba el 29 de noviembre el documento de aprobación.
El 6 de mayo de 1890 se abrían y bendecían los cimientos de la futura Basílica con gran solemnidad.
El 4 de febrero de 1899 muere en Luján el P. Salvaire, sus últimas palabras fueron: "Creo en Dios, amo a mi Dios y espero en ti, Madre mía de Luján". Está enterrado en el crucero de la derecha del templo, a los pies de la Medalla Milagrosa.