El Alférez real Don Juan de Lezica y Torrezuri, toda una personalidad. Desde 1750, en que ejerció el cargo de Regidor del Cabildo de Buenos Aires, hasta 1776 en que desempeñó las funciones de Juez Comisario de la Real Audiencia, Lezica había ejercido empleos de dignidad.
Habiendo recorrido casi toda América, se radicó finalmente en La Paz (Bolivia). "Después de haber sido feliz en sus negocios y expediciones", enfermó y se vino a Buenos Aires. Desahuciado por los médicos, recordó los prodigios de la Virgen de Luján.
A Ella acudió con confianza. Recuperó su salud (1737). "Curado ya, Lezica volvió a sus negocios". Once años después, nuevamente enfermo, retornó a Luján. "Otra vez la Virgen lo curó." Comprendió ahora que tenía una misión de gratitud que cumplir.
El entonces Capellán Pbro. Carlos Vejarano le expuso la necesidad de erigir un templo a la Santa Imagen, la que en ese momento se encontraba en un galpón que reemplazaba la Capilla de Montalbo, venida abajo. Lezica se ofreció para ello.
Enterado el Obispo de Buenos Aires, Mons. Marcelino y Agramonte de las cualidades y habilidades de este Alférez Real, lo nombró "Director Administrador de la obra del nuevo templo", con el título, los honores y preeminencias que las Bulas pontificias y las leyes españolas le acordaban como "Fundador, bienhechor y síndico del Santuario de Nuestra Señora de Luján".
Luego de vencer inmunerables dificultades de orden legal, Lezica, asesorado por los arquitectos D. Antonio Mazella y D. Joaquín Marini, comenzó la construcción del nuevo Santuario el 24 de agosto de 1754, cavándose sus cimientos hasta la tosca, y fue argamasado en su mayor parte con cal de Córdoba y una arena gruesa y especial que la tradición atribuye a un milagro de la Virgen que fuese encontrada en las inmediaciones, cuando los maestros de obra se hubieron convencido de que era imposible hacer la mezcla con la tierra de esos parajes.